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La Virgen de la Esperanza con su corona 'de toda la vida'

Durante más de cuarenta años fue la corona de la Esperanza. La única, la suya, la de toda la vida. Entonces no había coronas para elegir, diademas donde escoger ni aureolas para la Cuaresma. Aquella era la corona de la Esperanza y punto. La que vino, prácticamente, cuando la Virgen y la que presenció un tiempo que las fotografías de los archivos ahora nos muestran irreal. Es la corona de don Andrés Pérez Molina, la de Francisco de Asís Saiz Sanz, la de los López Gay y la de muchos otros. La que presenció el declive de la Semana Santa y su resurgir, la que ha asistido ya a seis pontificados y ha vivido un concilio y un sínodo.

La corona que conoció el palio de cajón, la que presenció el cambio de la iluminación eléctrica por cera, la del manto de Carmen Góngora y la de la evolución de varios palios porque el tiempo que esta corona nos cuenta es otro. Le fue impuesta a la Virgen durante el Triduo de 1947 y es la primera corona del Miércoles Santo; también la de la Santa Misión del cuarenta y nueve. Motivos para celebrar su pervivencia contribuyendo al culto de una imagen como la de la Esperanza. Siempre la de después; la de después de la Guerra, la de después de la reorganización de la Semana Santa, la que nunca faltó. Esa es esta corona de la Esperanza, la que siempre salió, hasta que a mediados de los ochenta se encargara otra al orfebre Jesús Domínguez y con ella llegara el tiempo que sí parecemos recordar: el de nuestros padres. Pero tiempo atrás, cuando nuestros abuelos vivían una Semana Santa que sólo conocemos por fotografías la Esperanza parecía ser otra con esta corona. El arreglo era más natural, de una sencillez que enamora y de una suntuosidad que la acercaba mucho más. De ahí le vienen los afectos de ahora, la cercanía, la proximidad, la devoción. Ahora aquello dio paso a unas proporciones diferentes, a otros criterios y a un gusto que habrán de juzgar otros mañana.

La Virgen de la Esperanza luce estos días aquella corona. Lo atractivo de la estampa que se puede ver en la capilla de San Ildefonso, además de porque nos recuerda lo que no recordamos es que se trata de la única corona sin imperiales de nuestra Semana Santa, junto con la de la Virgen de la Paz. Una corona diferente al resto, de las llamadas abiertas porque del canasto no parten imperiales y cuyos rayos ondulantes le dan un sabor diluido en otras piezas recientes de mayor riqueza pero menos personalidad.

No es de oro ni de plata y las piedras nos pueden parecer hermosas pero no son preciosas. No lleva la firma de un orfebre de prestigio sobre el que se investiga en los archivos. Se cree que se hizo en los talleres de Santa Rufina, en Madrid, dicen que inspirada en una corona del XVII de la Inmaculada Concepción de la Catedral de Sevilla.

Sea como fuere, tras las ocasiones grandes, ahora ha quedado para el día a día, para la capilla. Como en este tiempo de verano que es noticia por su normalidad. Porque la Esperanza luce su corona de toda la vida, porque vemos lo que otros vieron y entendemos dónde se hunden las raíces de su devoción enorme.


Fotografías: Jorge Ponce y
Archivo Hdad. de los Estudiantes

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