Tags

Ángeles y demonios

Fotografía: Curro Vallejo

El Carnaval y la Semana Santa. Dos mundos –para mí– apasionantes, tan parecidos y tan diferentes, tan amados por unos y tan odiados por otros. Tan hermosos, tan locamente cuerdos. Me resulta curioso comprobar cómo desde lo alto de un escenario alguien se deje la garganta poniendo de vuelta y media la Semana Santa y luego te lo encuentres la tarde del Domingo de Ramos aplaudiendo la entrada en Carrera Oficial de alguna procesión. Igual de curioso me parece ese cofrade que enfurece ante las críticas carnavaleras pero se sabe de memoria las comparsas de Luis Rivero, Martínez Ares y Juan Carlos Aragón.

Y es que a veces pienso que dentro de nosotros existe una dualidad, una mezcla de sentimientos que en ocasiones se encuentran y nos hacen dudar y pensar. Como un ángel y un demonio que nos dan cada uno su versión de la historia. Ese ángel que nos recuerda que, mientras matamos y morimos por esa saya bordada que tantas cruces de Mayo y ferias del mediodía nos ha costado hay mujeres que friegan demasiadas oficinas. Que mientras encargamos la talla de Jesucristo al mejor imaginero de Sevilla hay padres de familia que doblan jornada para que sus hijos vayan a la escuela, porque los libros de texto, estuches, bolígrafos y mochilas cuestan mucho dinero. También nos recuerda que quizás una Hermandad de Semana Santa debe volcarse en los que a día de hoy son el germen de cualquier ciudad en progreso: los niños y jóvenes. Porque está muy bien que un cura o el mismo Obispo nos sermoneen desde el púlpito porque ellos consideran que tenemos una sociedad laicista por única culpa nuestra, pobres ciudadanos de a pie, que no hemos sabido votar correctamente a quien Dios sí guarde en su gloria. Pero quizás para mejorar eso hay que mover algún dedo, y probablemente las Hermandades de Almería deberían tratar de convencer a esta juventud almeriense de que está muy bien eso de saltarse las clases para ir a fumar con los colegas al callejón junto a la puerta del colegio, pero que tal vez si apagan ese pitillo y entran a clase, si se sientan y atienden y abren un libro y lo leen quizás aporten un poco más a esta sociedad. Y también se empeña en recordarnos ese angelito que llevamos dentro que cómo es posible que paseemos nuestros pasos tan ricos, tan engalanados, por delante de las puertas de las casas de familias que no tienen ni para llegar a fin de mes. Y el muy bandido, consciente de con quien se juega los cuartos, nos convence de que quizás, con el pretexto de hacerlos felices a Él y a Ella en realidad tan sólo pretendemos nuestra propia felicidad.

Pero luego está ese envenenado demonio que nos vuelve locos. Nos convence de que ese tocado está mal puesto y nos hace enfurecer al ver un patero que no le han enseñado a no pegar tirones al revirar. Nos entretiene en pequeñeces y nos hace creer que los detalles son la esencia de esta maravillosa fiesta. En ocasiones incluso desacredita a su propio mentor, es decir, a nosotros mismos, haciéndonos sacar nuestro lado más cruel, haciéndonos decir cosas que, aunque las pensemos, quizás deberíamos callarnos por aquello del respeto entre los que se supone, estamos en el mismo barco. Nuestro querido demonio cree llevar siempre toda la razón y se odia a muerte con su pariente el angelito, que nos vuelve a decir que vale, que si no queremos mujeres costaleros bajo los pasos pues allá nosotros, pero que qué va a ser eso de quitar este paso para hacer otro nuevo, mejor y más caro. El demonio le dice que va a ir más acorde con el estilo de Hermandad y con la iconografía que representa el misterio, pero el ángel sabe que esas no son las verdaderas razones. Igual que nosotros sabemos que no hay razones lógicas para encargar una nueva saya para la Virgen, aunque Ella ya tenga tres o cuatro. O como cuando pasa por delante de nosotros un palio bien acabado, con sus bambalinas bien cuajadas de oro llenándonos los oídos de gloria al entrechocarse las bellotas con la plata de los varales. Del mismo modo que ese ángel y ese demonio tan nuestros se pelean la primera vez que un cofrade sale de la Basílica de la Macarena de Sevilla, aún perplejo de tanto lujo y de tanto oro gustosamente bordado. Incapaces de ponerse de acuerdo.

A pesar de todo, a día de hoy en mí sigue ganando mi particular demonio cofrade. ¿Y en ti?


Álvaro Blanes Pérez

2 comentarios:

Alejandro, tambucho dijo...

Es que no son tan distintas. Con el Carnaval y la Semana Santa, el pueblo llano lo que hizo es hacerse pecador y sacerdote a la vez. Despojarse de directrices y dogmas, por un tiempo.

El Carnaval es un pecadódromo para purgar con propiedad en Cuaresma. ¿Dos mundos diametralmente opuestos? Depende. Uno es submundo del otro. En Cádiz la Semana Santa es el fin del Carnaval; en otras tierras el Carnaval será la PreCuaresma...

¿Las claves que hacen que el negro y el blanco vayan de la mano? El pueblo. La pluma que escribe el pasodoble de una comparsa no tiene la censura política ni de la corrección debida en público. Y tampoco hay el Lunes Santo posibilidad de que autoridades de alzacuellos veten la 'temporal idolatría' de Jesús Cautivo en Málaga.

Las dos cosas están fuera de lugar. No son lo suyo. Pero son. Y ¡ay del pueblo que reprima esas bacanales de franqueza!

Pakillo dijo...

Espinoso tema y del k menrrollaría muxísimo hablando...

Yo desde xico e mamao en mi casa tanto carnavales como semana santa, e crecío con eso y son mis pasiones. Y no me da verwenza reconocerle a un cofrade k me gusta el carnavá ni a un carnavalero k soy costalero, x muxo k los 2 me digan "cómo t puede gustar eso?". Ambos tipos d personas no se dan cuenta d k, como tu bien dices, son dos mundos muy diferentes pero MUY parecíos.

Por cierto, me suena muxo la comparsa de la foto ;P

Saludos

Blogger Template by Clairvo