El Carnaval y la Semana Santa. Dos mundos –para mí– apasionantes, tan parecidos y tan diferentes, tan amados por unos y tan odiados por otros. Tan hermosos, tan locamente cuerdos. Me resulta curioso comprobar cómo desde lo alto de un escenario alguien se deje la garganta poniendo de vuelta y media la Semana Santa y luego te lo encuentres la tarde del Domingo de Ramos aplaudiendo la entrada en Carrera Oficial de alguna procesión. Igual de curioso me parece ese cofrade que enfurece ante las críticas carnavaleras pero se sabe de memoria las comparsas de Luis Rivero, Martínez Ares y Juan Carlos Aragón.
Pero luego está ese envenenado demonio que nos vuelve locos. Nos convence de que ese tocado está mal puesto y nos hace enfurecer al ver un patero que no le han enseñado a no pegar tirones al revirar. Nos entretiene en pequeñeces y nos hace creer que los detalles son la esencia de esta maravillosa fiesta. En ocasiones incluso desacredita a su propio mentor, es decir, a nosotros mismos, haciéndonos sacar nuestro lado más cruel, haciéndonos decir cosas que, aunque las pensemos, quizás deberíamos callarnos por aquello del respeto entre los que se supone, estamos en el mismo barco. Nuestro querido demonio cree llevar siempre toda la razón y se odia a muerte con su pariente el angelito, que nos vuelve a decir que vale, que si no queremos mujeres costaleros bajo los pasos pues allá nosotros, pero que qué va a ser eso de quitar este paso para hacer otro nuevo, mejor y más caro. El demonio le dice que va a ir más acorde con el estilo de Hermandad y con la iconografía que representa el misterio, pero el ángel sabe que esas no son las verdaderas razones. Igual que nosotros sabemos que no hay razones lógicas para encargar una nueva saya para la Virgen, aunque Ella ya tenga tres o cuatro. O como cuando pasa por delante de nosotros un palio bien acabado, con sus bambalinas bien cuajadas de oro llenándonos los oídos de gloria al entrechocarse las bellotas con la plata de los varales. Del mismo modo que ese ángel y ese demonio tan nuestros se pelean la primera vez que un cofrade sale de la Basílica de la Macarena de Sevilla, aún perplejo de tanto lujo y de tanto oro gustosamente bordado. Incapaces de ponerse de acuerdo.
A pesar de todo, a día de hoy en mí sigue ganando mi particular demonio cofrade. ¿Y en ti?
Álvaro Blanes Pérez